Teologia Pastoral

La Era de la Ansiedad y la Doctrina que Necesita

Por Nicholas Kennicott2 de agosto de 2026
La Era de la Ansiedad y la Doctrina que Necesita

En 1844, un escritor danés publicó un libro breve sobre un sentimiento que sus contemporáneos aún no habían aprendido a aislar. Søren Kierkegaard lo llamó ansiedad y lo distinguió del miedo común. El miedo tiene un objeto. Uno puede identificar aquello que teme y combatirlo, o marcharse del lugar. La ansiedad carece de objeto. Kierkegaard la definió como el vértigo de la libertad: esa sensación que se apodera de quien contempla todo en lo que podría convertirse y no halla nada fuera de sí mismo que le indique dónde situarse. Un siglo más tarde, W. H. Auden escribió un poema titulado *La edad de la angustia* (*The Age of Anxiety*), publicado en 1947 y galardonado con el premio Pulitzer al año siguiente; con él, diagnosticaba la condición de toda una generación.

Desde entonces, esa condición ha dado lugar a toda una industria: aplicaciones de meditación mediante suscripción mensual, sistemas de productividad que prometen mañanas más serenas, secciones dedicadas al bienestar y afirmaciones cotidianas impresas en tazas y pantallas de teléfono. Gran parte de esa industria transmite, en el fondo, un único mensaje: «Ya eres suficiente». Basta con que tú mismo lo creas. Esa premisa se ha enseñado en las aulas desde la aparición de los programas de autoestima en los años ochenta y se ha repetido incesantemente en los discursos de graduación; sin embargo, la ansiedad que pretendía curar no ha hecho más que aumentar.

El yo como su propio fundamento

En 1966, Philip Rieff escribió *El triunfo de lo terapéutico* (*The Triumph of the Therapeutic*), donde sostenía que la cultura occidental había sustituido una figura rectora por otra. El yo de antaño se concebía a sí mismo en relación con algo superior —un Dios, un orden moral o una comunidad con exigencias propias— y orientaba su vida a partir de ello. En cambio, el yo que Rieff veía surgir se orientaba desde su propio interior y, ante cada elección, se preguntaba cómo le hacía sentir. Más tarde, Charles Taylor señaló que este yo estaba aislado de cualquier orden de significado que no hubiera elegido él mismo y que, por tanto, era responsable de generar su propio sentido a partir de sus propios recursos. Robert Bellah y sus coautores denominaron «individualismo expresivo» a la ética resultante: la convicción de que cada persona alberga en su interior una forma original de ser humana y de que la vida consiste en expresarla. (Gracias a Carl Trueman por señalar estos valiosos recursos en *The Rise and Triumph of the Modern Self*).

Al combinar estos elementos, se hace visible la encrucijada del hombre moderno. Si uno es la fuente de su propio valor, también es el tribunal que lo evalúa. Uno actúa simultáneamente como juez y acusado, y sabe demasiado sobre el acusado como para confiar en su propio veredicto. El vértigo que describió Kierkegaard es la sensación que se experimenta al celebrar ese juicio en plena noche, cuando lo único que se tiene son los propios pensamientos. Entonces uno comprende rápidamente que las afirmaciones tranquilizadoras no llegan a calmar la ansiedad, pues la única receta que ofrecen es más de la propia enfermedad. Indican al yo ansioso que se tranquilice a sí mismo, que vuelva a consultar al único testigo del que ya se sabe que es parcial. Un veredicto que uno emite sobre sí mismo conlleva exactamente la misma autoridad que uno ya pone en duda.

Un Veredicto Externo

El capítulo 18 de la Segunda Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689 aborda la certeza de la gracia y la salvación, y comienza tratando aquello que la era terapéutica evita como a la peste: una persona puede sentirse totalmente segura y estar totalmente equivocada. La confesión empieza por la falsificación, por las «falsas esperanzas y presunciones carnales» de aquellos que están convencidos de gozar del favor de Dios cuando no es así. Reconoce la realidad del autoengaño antes de pronunciar una sola palabra de consuelo.

Una vez reconocido esto, la confesión expone su planteamiento y se aleja en dirección opuesta a la mentalidad terapéutica. La verdadera certeza, afirma, se fundamenta en tres elementos inseparables. El primero es la sangre y la justicia de Cristo, reveladas en el evangelio. El segundo es la evidencia interna de las gracias del Espíritu: las señales de una vida que realmente ha cambiado. El tercero es el testimonio del Espíritu de adopción, que «da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios». El fundamento que se establece en primer lugar es un veredicto emitido fuera de uno mismo —en un tribunal que no uno mismo convocó—, basado en una obra que uno mismo no realizó. Cristo cumplió la ley que tú quebrantaste y cargó con la sentencia que tú habías merecido, y Dios declaró justa esa obra consumada. La confesión aparta al hombre atemorizado de su propia autoevaluación y lo dirige hacia ese veredicto definitivo, el cual no vacila aunque cambie su estado de ánimo.

Por esta razón, la doctrina llega a calmar la ansiedad allí donde la mera afirmación no lo logra. La afirmación remite al hombre a su propia valoración y le pide que la eleve. La certeza, tal como la define la confesión, depende de un juicio sobre la persona que su propia valoración no puede alterar. A un yo desgastado por su incesante autoexamen, la confesión le ofrece un alivio que el tribunal no podría proporcionar por sus propios medios: una absolución dictada por otro y que ya consta en el registro.

El Creyente que duda sigue siendo Creyente

La confesión expresa entonces aquello que las personas angustiadas más necesitan oír, y lo que la distingue de cualquier intento basado en el supuesto poder del pensamiento positivo. Enseña que la certeza «no pertenece a la esencia de la fe de tal manera que un verdadero creyente no pueda tener que esperar mucho tiempo y luchar contra numerosas dificultades antes de llegar a poseerla». La fe de una persona puede ser genuina aun cuando no perciba su presencia. El santo que duda sigue siendo santo. Cuando la paz se fundamenta en la fuerza de la propia convicción, la duda solo puede interpretarse como un fracaso, una señal de que aquello nunca fue real. La confesión trata la duda como si fuera el clima —real, frío y a veces duradero— que pasa sobre nosotros en la vida justo cuando lo que deseamos es sol.

La confesión va más allá y afirma que la certeza puede verse «sacudida, disminuida e interrumpida», o perderse por negligencia, por algún pecado que hiere la conciencia, por una tentación repentina o porque Dios retira la luz de su rostro, haciendo que quien le teme camine durante un tiempo en tinieblas. Thomas Goodwin escribió un tratado titulado *Un hijo de la luz caminando en tinieblas*, basándose en el relato de Isaías sobre aquel que teme al Señor y camina en tinieblas, sin luz alguna. Goodwin escribe que «en toda la Palabra de Dios no se encuentra una palabra más reconfortante y oportuna para alguien que se halle en tal condición». La confesión sostiene que, aun bajo la ausencia de luz, el creyente nunca queda «desprovisto de la semilla de Dios», a partir de la cual la certeza puede, con el tiempo, volver a florecer. La distinción para la cual nuestra época angustiada carece de palabras es la diferencia entre la raíz y el sentimiento. El sentimiento va y viene según el sueño, la conciencia y el clima. La raíz fue plantada por alguien distinto a ti, y no muere cuando desaparece el sentimiento.

Un fundamento anterior al propio Yo

El capítulo 17 de la confesión aborda la perseverancia, es decir, la verdad de que Dios preserva hasta el fin a aquellos a quienes ha aceptado. La certeza es la vivencia consciente de ese hecho. Una persona puede perder esa vivencia consciente y, sin embargo, conservar el hecho mismo. Esta doctrina puede brindar consuelo en lugar de temor, ya que nunca hace que nuestra posición ante Dios dependa de nuestra propia percepción de ella.

La certeza que plantea la confesión se remonta a un tiempo anterior a la existencia misma del creyente. Su fundamento último reside en el pacto que Dios estableció antes de la creación del mundo: un acuerdo entre las personas de la Trinidad en el que el Hijo asumió la tarea de redimir a un pueblo específico y el Padre prometió entregárselo. Ese pacto eterno se hace realidad en el tiempo a través de la cruz y es aplicado por el Espíritu, quien sella a los redimidos como hijos y da testimonio junto con el espíritu de ellos de que pertenecen a Dios. La seguridad de una persona angustiada se ancla en una decisión tomada antes de que siquiera respirara por primera vez; su propia autovaloración vacilante nunca formó parte de aquel acuerdo.

La obra *The Marrow of Modern Divinity* (La esencia de la teología moderna) defendió la libre oferta de Cristo frente a un planteamiento que exigía al pecador reunir ciertos requisitos antes de acercarse a Él. Cuando Thomas Boston rescató el libro en Escocia durante el siglo siguiente y un grupo de ministros salió en su defensa, la Asamblea General lo condenó en 1720; el debate resultante sirvió para aclarar aspectos importantes sobre la certeza. Un evangelio predicado como un trato comercial —una gracia que se ofrece bajo la condición de que primero uno se haga digno de ella— no puede generar certeza, pues la conciencia nunca llega a sentir que tal condición se ha cumplido plenamente. Sinclair Ferguson relata este episodio en su libro *The Whole Christ* (El Cristo completo) y llega a la misma conclusión que los defensores de *The Marrow*: el remedio para una conciencia atemorizada es Cristo mismo, ofrecido en su totalidad y gratuitamente. La certeza florece allí donde se predica a Cristo como un regalo que se ofrece sin costo alguno.

El vértigo que describió Kierkegaard es lo que siente el «yo» cuando busca un suelo firme bajo su libertad y solo encuentra más de sí mismo. A menudo, los cristianos pueden sentirse presionados a responder a ese vértigo sumando su voz a las afirmaciones que intentan convencer al yo atemorizado de que, al fin y al cabo, él mismo basta. Hacerlo supondría renunciar a algo que la iglesia sostiene y que no puede ser fabricado por el hombre: un suelo que el yo no colocó y que no puede arrancar, y un veredicto pronunciado sobre él desde fuera. La confesión y la palabra de la Biblia dirigida a un hombre angustiado le recuerdan que debe depositar su certeza allí donde nada pueda socavarla. Puedes estar seguro, porque Cristo es suficiente y el veredicto sobre su obra consumada ya ha sido determinado.

**Notas al pie**

1. Søren Kierkegaard, The Concept of Anxiety, Kierkegaard’s Writings (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1980). Anxiety is there described as the “dizziness of freedom.”

2. W. H. Auden, The Age of Anxiety: A Baroque Eclogue (New York: Random House, 1947); awarded the Pulitzer Prize for Poetry in 1948.

3. Philip Rieff, The Triumph of the Therapeutic: Uses of Faith after Freud (New York: Harper & Row, 1966).

4. Charles Taylor, A Secular Age (Cambridge, MA: Belknap Press of Harvard University Press, 2007).

5. Robert N. Bellah, Richard Madsen, William M. Sullivan, Ann Swidler, and Steven M. Tipton, Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life (Berkeley: University of California Press, 1985). “Expressive individualism” is their term.

6. Thomas Goodwin, A Child of Light Walking in Darkness, in The Works of Thomas Goodwin, vol. 3 (Edinburgh: James Nichol, 1861), 239.

7. On the Marrow controversy and its bearing on assurance, see Sinclair B. Ferguson, The Whole Christ: Legalism, Antinomianism, and Gospel Assurance—Why the Marrow Controversy Still Matters (Wheaton, IL: Crossway, 2016). The disputed treatise is Edward Fisher, The Marrow of Modern Divinity (London, 1645).

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